
Así sucede también con el Derecho:
ahora no es suficiente el conocimiento de una disciplina particular, como, por
ejemplo, el Derecho Penal, o el Procesal Civil: se requiere ampliar el radio de
acción admitiendo no sólo los aportes de
otros conocimientos de la ciencia jurídica, sino también de conocimientos que
si bien son ajenos a ésta estructuralmente, sin embargo no dejan de ser
complementos necesarios. Como lo son, justamente, la psicología, la sociología,
la economía y las ciencias de la comunicación. Pero, por sobre todo, la Moral,
Filosofía del Derecho y la Filosofía General, en busca de la síntesis necesaria
para enfrentar con eficacia los graves problemas que aquejan hoy a la
Humanidad.
Quiere decir que hoy es preciso
mirar las cosas desde lo alto, en forma panorámica, pues el conocimiento
meramente particular resulta de cortos alcances y de efectos pobres.
A propósito de estas ideas, siempre
tenemos presente la siguiente imagen de Omraam Aivahov:
Un científico y profesor eminente,
poseedor de varios títulos obtenidos en prestigiosas universidades, hábil para
hablar y escribir en unas cuantas lenguas vivas, y conocedor calificado de
otras tantas muertas, autor de innumerables obras filosóficas y científicas,
trabaja en el sótano de su casa, donde tiene su estudio y laboratorio. De
pronto, un hijo suyo, quien está jugando
en la azotea, le grita:
-Papá, vienen hacia acá dos
personas. Parece que son dos hombres, uno vestido de azul y otro de blanco.
-Cuando sepas quiénes son, me
avisas
-Ya los distingo: son los que
vienen a reparar la cocina
-Está bien. Dile a tu mamá.
Pese a sus grandes saberes y
títulos, el científico es aventajado en este caso, por el hijo, de apenas doce
años de edad. Y ello se debe a que el niño no está encerrado, ni en el sótano,
sino arriba, desde donde domina todos los alrededores de la casa.
La imagen de Aivanhov nos permite
extraer estas inferencias: siempre es
necesario mirar las cosas desde un nivel superior, de máxima plenitud, más aun
si se trata de cosas complejas.
Es necesario mirar las cosas, no en
forma aislada o parcial, sino en conjunto, para conocer en mayor medida su
entidad, sus interrelaciones y las posibles consecuencias que de allí se
derivan.
No siempre son suficientes o
adecuados los conocimientos puramente académicos, por sí solos, pues en ocasiones deben ser completados o
reorientados por el conocimiento empírico de una realidad.
La idea de totalidad que implica
mirar las cosas desde lo alto, no se limita al aspecto externo, material y
cuantitativo: es necesaria la evaluación cualitativa de los elementos, sin descuidar la cuestión
de los valores humanos, morales y espirituales implicados. Además, el uso o
manejo de los recursos y de los
instrumentos, deben ser ubicados frente a la escala axiológica o de los
valores.
Desde esta perspectiva general,
cabe agregar que, no obstante su importancia y necesidad, no basta la especialización
profesional para resolver determinados
problemas. En el caso de la Medicina, por ejemplo, es preciso –como lo advertía
Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina en l912- vincular la especialización
a una visión general del organismo, pues
éste constituye un sistema, una totalidad.
En forma análoga, hemos de afirmar
que el principio de totalidad debe operar también para el Derecho y para toda
otra profesión.
Encerrarse en una parcela en forma
excluyente, impide ver el camino y sus alrededores: se torna necesario “subir a
la azotea” para saber quién viene y para
dónde va.
Y la mejor “azotea” del Derecho es
la Moral, dentro del cual debe girar aquél, regido por valores fundamentales
que disipen toda posibilidad de manipulación interesada.
Quizás a la falta de un enfoque
totalizador de la realidad, se deban tantos desaciertos y equivocaciones graves
en los más diversos campos del quehacer humano.